viernes, 10 de enero de 2014

Anexo a Victoria: sobre su derecho....



EL DERECHO DE VICTORIA

Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o
@femin_ite_iste

Este texto trata sobre el “derecho a solicitar el Derecho” de Victoria, una niña de siete años que fue violentada sexualmente por su maestro de segundo de primaria (atentados a la integridad física y sexual y no violación porque "nunca hubo introducción del pene. ¡Sí, aunque no se crea, hablo del 2007!). La experiencia de una niña -del 37% del total de las alumnas agredidas en una escuela primaria en Zacatecas- que se atrevió a "confesar" lo que a través de amenazas le hicieron callar durante todo un año. 
          Estas líneas son también una forma de evidenciar cómo el Derecho" establece y configura de manera escrita, teórica o formal una serie de prerrogativas que en la práctica se desmoronan, pues el acceso a la justicia  primero atraviesa por contextos históricos, sociales y culturales que imposibilitan su real garantía cuando de mujeres y niñas se trata.
          El caso de Victoria evidencia, en sí mismo, el valor de hablar, de denunciar y el dolor de los resultados; pues en este caso, como en muchos otros, una niña de tan sólo siete años aprendió que el Derecho no existe.  Que cualquier cosa que se diga o escriba sobre ella; cualquier defensa por sus derechos y los de otras niñas en su situación;  cualquier práctica, interpretación o argumentación legal no podrá mostrar lo que vivió en carne propia y, mucho menos, hacerle justicia.
          Pensar en Victoria para escribir este texto fue una forma de mostrar la indignación y la impotencia que sentí cuando conocí del caso. La experiencia de esta "pequeña grande" me hizo entender que "el derecho a reclamar el Derecho" está determinado por alguien ajeno e indiferente a todos los derechos humanos de las niñas: un alguien que puede exigirlos en su nombre y un alguien que puede -o quiere- otorgarlos.
         Victoria, cuando se atrevió a hablar de las agresiones sexuales cometidas en su contra ya cursaba el tercero de primaria, transcurrió todo un año antes de que ella se atreviera a expresar lo sucedido; quizá lo hizo porque las circunstancias la obligaron, tal vez fue porque otras compañeras suyas ya lo habían hecho, tal vez porque una insistente madre de familia habló por telefono a su casa para informar sobre el agresor con título de maestro; o porque su padre la hizo hablar al preguntarle si a ella le había pasado lo mismo que a sus amigas. 
          Y, entonces, contó que unos días antes de cumplir siete años su maestro la hacía quedarse en el salón, diciéndole que estaba castigada; se bajaba el cierre del pantalón y se sacaba el pene, la sentaba en sus piernas, le levantaba la falda, la tocaba, le introducía los dedos en su vagina, le decía que debía tirar su ropa interior ensangrentada en la alcantarilla para que su mamá no se diera cuenta, la amenazó para que no dijera nada, pues a ella nadie le creería (y así fue, muchas personas la cuestionaron, la señalaron, le hicieron saber que lo que dijo era una mentira y estaba dañando el honor de su maestro).
       Victoria no entendía de clasificaciones jurídicas, ni de asimetrías sociales, de subordinación y discriminación. Sin embargo, fue parte de ese modelo clasificatorio legal, de prácticas que responden a valoraciones hechas con diferencias de género. Un hombre, el cual ella, su familia y la sociedad en general confiaba, cometió un delito en su contra, un acto que atentó en contra de su libertad e integridad sexual, contra su dignidad, contra su derecho a vivir una vida libre de violencia.
En realidad, ese delito también atentó en contra de su estabilidad física, psicológica y emocional, atentó contra su derecho a la libertad de expresión y hasta a su derecho de contar con una vida digna, pues además se enfrentó a que su padre y su madre, por falta de condiciones económicas para costear un proceso judicial terriblemente largo, por no formar parte de un grupo social zacatecano de élite,  por no contar con las relaciones políticas y mediáticas, no pudieron "pagar el precio" del derecho a la justicia de su hija.
Victoria fue sometida exámenes médicos y psicológicos, a preguntas del ministerio público y a señalamientos por parte de la planta docente y de la sociedad que no dio crédito a lo que la niña platicó.
          No sabía que dentro de su entorno social comenzaron a moverse intereses sociales y políticos en relación a lo que a ella le pasó. No entendía  que su maestro, con el que le gustaba jugar, cometió contra ella un delito. Sólo sabía que lloraba y  despertaba en la noches a causa de un  miedo que no se atrevía a expresar. No sabía que la sociedad pensaba y defendía "a capa y espada" que lo que ella vivió era una mentira, era un invento, una fantasía, una maquinación para desprestigiar a "un Licenciado en Educación con diplomados" y considerado, para reducir la pena "primo delincuente". Sólo sabía que ella le pedía a su mamá, le rogaba, le gritaba, que no la llevara a la escuela, y que si lo hacía, si su madre no cedía a "sus berrinches", "por favor, por favor" le pusiera completo su uniforme, porque uno de los pretextos que el tipo utilizó para "castigarla" y dejarla en el salón junto con él, durante el tiempo del recreo, fue el que no trajera su blusa, su sudadera, sus calcetines rojos, los zapatos bien boleados, su moño en el cabello, etc. 
Sólo sabía que debía obedecer a su maestro, si no el castigo sería peor, pensaba que "siempre fue la culpable de lo que le sucedió". Mucha gente le hizo saber que así fue y que, además, al denunciar dañó el honor de un hombre, un sujeto que se atrevió a engañarla y lastimarla.
El “Derecho” establecía que el maestro tenía “derecho” a ser considerado inocente hasta que se le demostrara lo contrario, aunque con eso se llevara una y otra vez a revictimizar a la niña. En cambio el derecho de Victoria era demostrarle al maestro que sí era culpable, nadie le explicó lo que tendría que pasar para demostrarlo.
         La madre de Victoria le hizo comprender que lo que le hizo su maestro no estuvo bien, que no era un juego. Tuvo que dividir sus actividades del hogar, con el cuidado de sus hijos y la especial atención que Victoria requería  para revertir un poco la revictimización a la que fue sujeta. A partir de la denuncia la niña no dormía  bien, se comportaba agresiva y desarrolló dermatitis. El padre de Victoria tuvo que salir a buscar trabajo para poder cumplir con "su rol de proveedor del hogar" y también solventar los gastos médicos y psicológicos que su hija necesitaba. Aún así la niña tenía derecho a demostrarle al maestro que sí era culpable.
         El MP integró la averiguación por un delito que "no era grave", por lo tanto el maestro pudo pagar una caución -dinero que juntaron sus compañeros y compañeras de trabajo, pues en todo momento defendieron su inocencia- mientras se seguía el juicio y se determinaba o no su culpabilidad. La sentencia de la juez llegó dos años después, declarándolo culpable. Sin embargo, en segunda instancia, el magistrado determinó que si bien era culpable, reducía la pena de prisión, condenándolo a pagar $1,750.00. Salió libre. Se luchó porque lo cesaran, lo cual sucedió cuatro años después. Sin embargo, en la actualidad el hombre sigue prestando sus servicios como maestro particular, anuncia en algunos medios impresos locales su "trabajo particular para la regularización escolar de niños y niñas"
          Mientras duró el proceso, la división de opiniones en torno al caso hicieron lo suyo, pues algunos padres y madres de familia de esa escuela, que también eran funcionarios de la administración pública estatal  tuvieron influencia en el proceso judicial; no dieron crédito a lo contado por Victoria y otras niñas, por tanto defendieron  el "honor y calidad moral” de un maestro que no bebía alcohol, no fumaba, que no tenía sobrenombres, que era un buen padre, un buen esposo, excelente profesionista, respetuoso de las personas en público e insertado adecuadamente a la sociedad"
          Victoria entendió que no debió contar nada, sus compañeras ya no quierían jugar con ella, la señalaban, su nueva maestra la excluía. Su mamá lloraba todas las noches y su papá estaba desesperado por no conseguir trabajo.
     Los derechos de Victoria fueron ignorados y minimizados. Su proceso fue tan largo, tan agotador, tan humillante, que parecía que no tenía derechos, aunque la ley así lo estableciera.
Tenía derecho a denunciar la comisión de un delito en su contra, pero en la práctica no se le garantizaron otros derechos, no se le protegió de la discriminación a la que fue sujeta. Además, su padre y su madre tendrían que interponer quejas que implican otros procedimientos administrativos igual de desgastantes e indignantes. Hasta llegar a instancias internacionales, proceso que quedó inconcluso. 
Jurídicamente los derechos de Victoria fueron incompatibles con los criterios de universalidad, neutralidad e imparcialidad, porque el derecho al honor del profesor estuvo legitimado por la historia, la cultura, la sociedad... eso pesó más que cualquier formalidad.
A Victoria no le ayudó que existieran discusiones interminables sobre las penalizaciones tan irracionales que se otorgan a los delitos en contra del honor frente a los que atentan contra la integridad sexual de la niñez. No le ayudó que muchas personas y organismos no gubernamentales tuvieran un alto grado de compromiso social para defenderla; que hayan tenido tantos logros y sean consideradas en cuanto contribuyen al proceso de cambio social y mejores condiciones de vida para las mujeres. Victoria sigue viviendo en una sociedad que no le dio credibilidad, la minimizó e, incluso, la utilizo con fines políticos.
Siguió esperando a que las diversas formas de ver e interpretar al Derecho provocaran un cambio. Mientras, la intromisión en su vida de tantos elementos culturales, sociales, económicos, jurídicos, políticos no han significado más que un cambio en perjuicio de su tranquilidad y la de su familia.
Y quizá, este hecho, este delito cometido en su contra hace nueve años, sí contribuyó a que los deseos, emociones y conductas de Victoria estén ahora condicionadas por ese hecho violento, pues la práctica reiterada y sistemática del abuso sexual cometido en ella también ha significado una forma de aprender la vida y las relaciones entre las personas. Ella tuvo que enfrentar y sobrevivir lo sucedido sin que jurídicamente se le haya garantizado el derecho a gozar de una vida libre de violencia y disfrutar de una integridad física, sexual, psicológica y emocional. Porque eso del Derecho no existió en la realidad de Victoria.


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