domingo, 9 de febrero de 2014

Nuestra forma de pensar el masculino como género universal


 Por Adriana Guadalupe Rivero Garza
o @femin_ite_iste


Hace unos cuantos días tuve una charla con un “compa”(1) que me dejó pensando, entre muchas cosas, en la importancia de conducirnos adecuadamente para generar un ambiente de respeto.
Hablábamos del lenguaje, de las distintas formas como nos expresamos, de las conveniencias de la interpretación, de las maneras como actuamos por el sentido le dimos a determinada información. Y, también (jaja), hablamos sobre el radicalismo en el que algunas feministas incurrimos cuando queremos incorporar, en los recintos donde nos desenvolvemos, un lenguaje incluyente (Al respecto se puede leer http://brizas.wordpress.com/2012/03/04/por-un-lenguaje-inclusivo-y-no-sexista/ y ver video http://e-mujeres.net/video/mercedes-bengoechea-rae-y-lenguaje-sexista).
Bebíamos café, él hablaba y yo trataba de prestar atención. Confieso que no pude evitar el pensar, a la vez que lo escuchaba, en que si el lenguaje es un instrumento de comunicación con el cual se conforman relaciones entre personas, cómo es que en algunas ocasiones no se canaliza de manera oportuna y afortunada determinada información, y luego, incurrimos en formas de jerarquizadas, valorizadas e incluso discriminatorias y violentas al expresarnos.
Pensaba en cómo vamos conformando reglas de convivencia que ordenan, clasifican y dividen a las personas; construyendo relaciones jerárquicas a través de las diferentes maneras de percibir nuestra realidad, de representarnos las cosas y que esto a su vez moldea nuestro pensamiento y actuar (pobre compa si lee esta confesión va a pensar que no estuve atenta al verdadero sentido de la plática).
Me acordé que hace unas semanas sentí antipatía y aversión hacia un aplicado lingüista porque antes que argumentar el por qué no debe emplearse el lenguaje incluyente de género (esas discusiones interminables pero importantes entre la economía del lenguaje y la discriminación, ver http://www.ucr.ac.cr/noticias/2012/10/03/expertos-de-la-lengua-senalan-desaciertos-del-lenguaje-inclusivo.html) prefirió denominarme “feminazi”.(2)
Es decir, el destacado filólogo decidió –en lugar de impresionarme con toda una cátedra sobre la cultura y las diversas formas como se expresa ésta en la lengua y en la literatura- anteponer sus prejuicios y desacreditar.
No sólo restó valor a una forma diferente de pensar a la suya, sino que se posicionó como el erudito, el sabelotodo y coartó (a través de términos despectivos) canales de comunicación por considerar que nadie puede contravenir las reglas lingüísticas que él aprendió aplicadamente -dijo-.  
            Al respecto, debo confesar que siempre se agradecerá el poder charlar con alguien  que sabe escuchar una forma de pensamiento distinta a la de él, armarse una postura propia y argumentar lo suyo.
            El caso es que yo estaba entre la charla, el café y el pensamiento que sigue la concepción platónica que sugiere que la relación entre el lenguaje y la realidad refleja la esencia de las cosas. Recordaba que desde esa postura se afirma que las personas detectan, reconocen o suponen que la representación de la realidad es obtenida mediante una forma natural de intuir las esencias de las cosas.
            Por otro lado, recordaba que hay quienes afirman que el proceso de nombrar no requiere esencias; pues la relación entre el lenguaje y la realidad ha sido establecida arbitrariamente por las personas. Esto significa que “nombrar” es una acción contingente, en tanto que responde a las diferentes formas en que se perciben aspectos diversos en el mundo.
El lenguaje implica mucho más que términos o palabras, porque envuelve en sí mismo la forma como se percibe la realidad, involucra entre otras cosas: 1. La forma como se eligen ciertos términos; 2. La manera no sólo diferenciada sino valorizada de dicha elección; y 3. Significados que esconden o encubren el trasfondo de pensamientos, creencias, esquemas y modelos.
El lenguaje refleja, entonces, la forma como se estructura una sociedad, si ésta se basa en sistemas de desigualdades, relaciones de subordinación o de exclusión, éste será un instrumento para la transmisión de dicha desigualdad, es decir, de una forma diferenciada y jerarquizada de tratar a las personas.
Por ejemplo, lo que significa ser hombre y lo que significa ser mujer es el producto de un complejo cultural, lo cual permite que las ideas, creencias y pensamientos se estructuren en función del género.
Las desigualdades entre el hombre y la mujer están dadas por la cultura en que se desenvuelven y están construidas sobre la idea de que existe una esencia natural del ser humano determinada en función de un valor: la superioridad del varón sobre la mujer y que se refleja en la forma como es utilizado el lenguaje.
            Una de las maneras como se transmite la idea de que el varón es superior (sobre la mujer y sobre todos aquellos que no entren en el significado de término, lean la definición de varón http://lema.rae.es/drae/?val=varon, lean la definición de hombre http://lema.rae.es/drae/?val=hombre) es usar el  masculino como género universal. Usarlo de esta manera, aunque sea acorde al principio de economía del lenguaje, puede poseer un doble valor, por ejemplo:
1.      Si se dice “los alumnos de este programa son muy competentes”, y en él se encuentran mujeres, se deja fuera la posibilidad de que las alumnas también sean muy competentes. Es más, se podría interpretar que sólo los alumnos son competentes, y peor aún, bajo esa premisa (convertida en forma de pensar) se puede actuar en consecuencia y dejar fuera o en segundo lugar para algunos beneficios del programa a las alumnas, pues en el imaginario existe la idea que sólo los alumnos son competentes.
2.      Si como genérico referido a ambos sexos se alude a los y las presentes en un lugar con un “buenos días a todos” simplemente se invisibiliza a las mujeres, como si no estuvieran ahí. El hecho de no nombrar implica no ver, no reconocer, no dar un lugar en el mundo sólo por el hecho de creer que en un molde (el masculino) entramos todas y todos.

Uno de los mecanismos por los cuales se construyen las subjetividades y las diferencias, órdenes simbólicos representados y prácticas sociales, modos de pensar, de expresarse, de actuar y de relacionarse es a través del lenguaje; éste deja ver los estereotipos y los prejuicios con los que hemos sido formados(as) y además con los que nos conducimos por la vida.
Lo que considero es que no nos cuesta nada nombrar. Y conste que no me refiero a que nos nombren como un favor. No es una dádiva. Formamos parte de este mundo y como tal, merecemos ser nombradas y reconocidas. Quien quiera incluirse en el modelo masculino que lo haga, cada quien se ajusta al molde que más que convenga.
Lo que digo es que si a través del lenguaje expresamos nuestra manera de pensar y éste, de alguna manera, condiciona nuestra manera de actuar prefiero conversar, discutir, convivir con alguien que sí me ve que con alguien que no lo hace. Se los juro, hay mucha diferencia en ello. 

P.D. ´Ora lingüistas, salten…



Notas:
  1. .Abstracción -que se me da la gana hacer algunas veces cuando me expreso verbalmente- con la cual pretendo referirme a una persona con la que he convivido, de igual a igual, en algún espacio o ámbito de nuestras vidas, y que su existencia ha significado para mí una especial fortuna. 
  2.   Al respecto ver "¿Existe el feminazismo? Del feminazismo y otros crímenes contra el machismo" http://djovenes.org/archivo/?p=9482

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