martes, 18 de marzo de 2014

Cuando la palabra ejerce su fuerza



"Cuando afirmamos haber sido herid*s por el lenguaje ¿qué clase de afirmación estamos haciendo? Atribuimos una agencia del lenguaje, un poder de herir, y nos presentamos como objetos de esa trayectoria hiriente. Afirmamos que el lenguaje actúa contra nosotr*s, y esa afirmación es a su vez una nueva instancia del lenguaje que trata de poner freno a la fuerza de la afirmación anterior. De este modo, ejercemos la fuerza del lenguaje, incluso cuando intentamos contrarrestar su fuerza, atrapad*s en un enredo que ningún acto de censura puede deshacer.

¿Podría acaso el lenguaje herirnos si no fuéramos, en algún sentido, seres lingüísticos, seres que necesitan del lenguaje para existir? ¿Es nuestra vulnerabilidad respecto al lenguaje una consecuencia de nuestra constitución lingüística? Si estamos formad*s en el lenguaje, entonces este poder constitutivo precede y condiciona cualquier decisión que pudiéramos tomar sobre él, insultándonos desde el principio, desde su poder previo.

El problema del lenguaje (…), del daño lingüístico, es que parece ser el efecto no sólo de las palabras que se refieren a uno(a,e,x,*) sino, también del tipo de elocución, de un estilo que interpela y constituye a un* sujet*.
(…)

¿De qué fuerza se trata y cómo podríamos llegar a su efecto infalible?
Para saber qué hace efectiva la fuerza de un enunciado, lo que establece su carácter performativo, un* debe primero localizar el enunciado en una situación de habla total.
(...)

La situación del habla no es un simple tipo de contexto, aquél cuyos límites espaciales y temporales pueden definirse fácilmente. Ser herid* por el lenguaje es sufrir una pérdida de contexto, es decir, no saber dónde se está…..”

(Butler. Lenguaje, poder e identidad: 1997)



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