sábado, 29 de agosto de 2015

Cartas sobre las reflexiones de cárceles de Don Luis de la Rosa (1826)



Por Adriana Guadalupe Rivero Garza o @femin_ite_iste

Hace algunas semanas que me dedico a revisar algunas fuentes documentales que se encuentran en el Archivo Histórico del Estado de Zacatecas respecto a la condición civil de las mujeres en el siglo XIX. Como no tengo la formación de historiadora, a veces cometo el "pecado" de querer revisar todo, es verdad cuando digo todo: constantemente deseo revisar el conjunto de cajas y expedientes de cada uno de los fondos que hay en el AHEZ que hacen referencia al siglo XIX, no importándome si el documento tiene que ver con mi tema de tesis o no.
 
Gracias a las diosas, la propia dinámica de investigación y mis notables carencias en la técnica paleográfica me han hecho darme cuenta que estoy loca. Por eso, ahora reviso "en diagonal" (no con el profesionalismo que lo hace la apreciable Dra. Mary Goldsmith sino como simple novata) y trato de enfocarme a mi tema, exclusivamente.
 
Hay veces que me detengo, debo confesarlo, en algunos documentos que me parecen fascinantes (nunca pensé que fuera a reconocerlo), como es el caso de Las Cartas sobre las Reflexiones de Cárceles en Zacatecas, de Don Luis de la Rosa (1826). Qué cosa más maravillosa leí el viernes pasado. Quise escribir al respecto. Pero la vida, mi tiempo, la exigencia histórica que requiere redactar un texto sobre los contextos de un documento como ese, así como que seguramente existen infinidad de artículos, libros y ponencias sobre dichas Cartas y del destacado trabajo de Don Luis de la Rosa, es que sólo me atrevo a compartirles el texto de dicho documento.
 
Se trata de algunas reflexiones que su autor realizó, en 1826, sobre las cárceles en Zacatecas. De verdad que no tienen desperdicio. En ellas se muestra la preocupación sobre la condición de los presos, sobre la insalubridad, el hacinamiento y las deplorables situaciones de dichos lugares, pues Don Luis de la Rosa consideraba  que más que ser "casas de detención" eran "depósitos de miseria".
 
Apeló magistralmente a la consideración de los gobiernos para mejorar las condiciones de los presos y de las cárceles en general. Pero también hizo un llamado a la responsabilidad de los ciudadanos, pidió que se conformaran asociaciones (incluso de mujeres) y se realizaran obras de beneficencia en favor de quienes se encontraban en esos lugares tan desatendidos por el estado y por la sociedad. En algunos aspectos que se señalan, pareciera que se está leyendo sobre los centros de prevención y readaptación social actuales, así que si es Ud. gustoso(a), le invito a deleitarse con las consideraciones de Don Luis:

 
CC a editores del Correo Político

Aguascalientes, Abril 21 de 1826

Muy señores míos: remito a Ustedes las siguientes reflexiones sobre cárceles para que si lo juzgaren digno de su apreciable periódico se sirvan publicarse:

Cárceles
Se dice que las cárceles serán unas casas de detención
y son un depósito de miseria. Insalubres, sombrías, estrechas y horrorosas,
sirven para atormentar al detenido, antes de que se le justifique su delito.

Al echar una mirada atenta sobre el estado actual de nuestras cárceles, la humanidad, la religión y la filosofía lanzan un grito de conmiseración y de dolor (invocando al auxilio de los seres sensibles en favor) de esas víctimas desventuradas y atormentadas en esos lugares de penalidad y de miseria. Allí parece que han puesto su morada la inmoralidad, la corrupción, la insalubridad, la escasez  y todos los males que pueden afligir a los hombres. Allí un esposo que ha sido arrancado de los brazos de su compañera, un padre que ha sido separado del seno de su familia, y un hijo que ha abandonado en la miseria a unos padres desventurados, luchan con el hambre, con las enfermedades y con la melancolía que con irreparables de estos lugares de tormento, y la memoria de sus deudos a quienes quizá han dejado en la mendicidad, es un dardo que traspasa sus corazones y que agrava el rigor de sus padecimientos. Allí, si un hombre desgraciado a quien quizá una falta involuntaria o una sospecha maliciosa han puesto en aquella situación asociado con el criminal detestable, se ve como degradado y envilecido; si no le corrompe tal vez su depravación. Allí el criminal entregado a la ociosidad que ha dado origen a sus crímenes, se entrega a prácticas no menos criminales, y sí quizá más vergonzosas que las que le han hecho merecer aquella suerte…
 
Basta… escribo para hombres… mi pluma no puede describir tantas miserias…soy sensible y desafío al corazón más endurecido a que fijando la consideración en un cuadro tan lastimoso, no se conmisera de compasión y sentimiento.
 
¿Han apurado los gobiernos todos los recursos de su autoridad y de su poder para mejorar en esta parte la suerte de la humanidad o han visto esta materia con indiferencia? ¿Ha opacado sobre la filosofía entre nosotros sus luces celestiales? ¿Se ha sofocado en nuestros pechos el amor de la humanidad? ¿Ha callado la religión que con una voz divina y consoladora aconseja al hombre la compasión y la misericordia? 
 
No, el azote del despotismo es el que ha amortiguado en nuestros corazones todos los sentimientos nobles y generosos: el peso de una arbitrariedad tan dilatada es el que ha producido esto entre nosotros esa fría indiferencia hacia los intereses públicos, y el que ha inspirado en nuestros pechos ese egoísmo detestable que nos hace insensibles de nuestros semejantes. Preciso es pues reanimar en nuestras almas el fuego del patriotismo y hacer revivir el espíritu de beneficencia ya casi amortiguado.
 
¿De quién es esta obra? Esto es obra de los gobiernos, pero lo es mucho más de los buenos ciudadanos: lo es de los hombres generosos (…) que saben desprenderse de los intereses individuales para elevarse a miras grandes y nobles: lo es de los amigos de la humanidad que no pueden ser felices sino hacen disfrutar de todos los goces a la gran familia del género humano. Reúnase esta clase de hombres verdaderamente piadosos y filántropos, reúnanse pues en asociaciones de beneficencia y caridad, y extiendan una mano compasiva, amiga y consoladora a la humanidad miserable. Todo esto bueno, grande y admirable ha podido hacerse en la culta esposa, se debe a esta clase de asociaciones que derraman en toda ella la abundancia que alimentan la industria y la laboriosidad de sus moradores y que toman a su cargo el alivio de la orfandad y de la miseria. Abejas laboriosas que recogen de todas partes los frutos de la naturaleza y del ingenio y les hacen servir a los usos de la vida.
 
¿Y por qué este espíritu de la asociación, creador de tantos bienes y prodigios, no habrá de reanimarnos? ¿Por qué no habrá de alimentación en nuestros corazones y el fuego de la humanidad y de la beneficencia que encendieran ella la naturaleza y la religión, y que el despotismo había conseguido amortiguar? Sí: reúnanse sociedades de beneficencia: derramen ellas un fuego reanimador y vivificante sobre nuestra industria moribunda, y esa parte de la humanidad que sufre el peso de la mendicidad y de la miseria, alcance también una mirada compasiva ¿Y por qué esas víctimas desdichadas de su inmoralidad y de su corrupción que sufren en nuestras cárceles tanto generó de penalidades no habrá de merecer su compasión y sus socorros? ¿Y por qué el gobierno no habrá de proteger a más sociedades consagradas entre otros objetos al socorro de los encarcelados? Reúnanse estas asociaciones: oiga el encarcelado en el silencio (…) de sus habitaciones una voz consoladora y compasiva… ¡de cuántos modos no se puede socorrer a estos desdichados!
 
1.      Ocurriendo a sus necesidades más urgentes. Alimentos, vestidos, mejoras en las habitaciones, curación de sus enfermedades, ocupaciones mecánicas para subvenir a sus obligaciones.
 
2.      Proveyendo a sus necesidades morales. Educación primaria para los presos jóvenes, lectura en común de la constitución del Estado, de las leyes penales y principios elementales de sus obligaciones y derechos del ciudadano, enseñanza y predicación de la moral evangélica, prácticas religiosas.
 
3.      Socorriendo a las familias del indigente de los encarcelados.
 
4.      Defendiendo jurídicamente a los reos procesados e influyendo por todos los medios legales para la pronta conclusión de sus causas, protegiéndolos por los mismos medios contra el despotismo judicial y el de los carceleros.
 
No puede negarse que en los más lugares del Estado los infelices presos viven atormentados del hambre por la escasez de los fondos municipales, y que las forradas limosnas de algunos ciudadanos no son bastantes para hacerles satisfacer estas necesidades. No se ignora también que en todas nuestras cárceles la mayor parte de los presos carecen de vestidos hasta el grado de ofender el pudor y la vergüenza pública por su desnudez. Es bien sabido, por otra parte, que la estrecha y mala disposición de nuestras cárceles las hace sombrías e insalubres y que su inmundicia (…) hace contraer a los presos mil enfermedades, y que ocurre otro mal no menos grave que es el de reunir en unos mismos puestos presos de distintas edades, practicando así todos de la impúdica y vergonzosa corrupción de algunos de ellos. Es así mismo evidente que la ociosidad en que viven fomenta la inmoralidad y por esto nuestras cárceles lejos de servir de corrección a los encarcelados sirven para el escándalo y corrupción de los que habitan y hace que muchos salgan de ellas mismas más criminales de lo que fueron antes. No se negará tampoco que las familias de los encarcelados viven casi siempre en la mendicidad y la miseria privados de sus hijos, de sus esposos y sus padres. En fin: es evidente que si hubiera defensores celosos y activos que se encargaran de abogar por los procesados (que regularmente no tienen quien lo haga) y de acelerar el pronto despacho de sus causas  protegiéndolos por otra parte contras las arbitrariedades judiciales, no se verían en nuestras cárceles, hombres que en el dilatado término de un año, no han visto concluir sus sumarias, ni se les ha tomado confesión de los delitos de que se les acusa.
 
La humanidad y la religión invocan el auxilio de los hombres generosos y sensibles en favor de los miserables encarcelados: que vean estos seres desdichados que la misma sociedad que los persigue y castiga por sus crímenes, sabe también condolerse de la triste situación a que se les han reducido sus extravíos; y que al ser castigados por ellos concretan  las utilidades de una vida ocupada y laboriosa, y aprendan en sus mismas prisiones las obligaciones que debieran llevar para son sus conciudadanos y los derechos que en ellos debieran respetar. 
 
Establézcanse pues, por lo menos en cada cabecera de partido sociedades que protejan las industrias que fomenten la agricultura, que socorran la indigencia y que tengan igualmente por objeto el aliviar el peso de las penalidades que sufren en nuestras cárceles horrorosas, hombres cuyos delitos son quizá el resultado del descuido de su educación. Estas son las sociedades que los gobiernos debieran proteger. Ellas no tendrán por objeto maquinaciones sordas y criminales, ni se ocultarán en el silencio y la obscuridad de misteriosos clubs para hacer obras de beneficencia. Sus individuos no se llamarán  hijos de la luz, ni buscarán en la remota antigüedad  un origen noble para cubrir su degeneración. Ellos son hijos de la humanidad y para favorecerla no podrán jamás los Estados en convulsión, ni solicitarán otros influjos en los negocios públicos que el que les da la ley y que les es bastante para llenar sus miras benéficas y generosas.
 
Vea yo estas sociedades establecidas en el seno de mi Patria, y mis ojos derramarán un llanto de placer. 

Luis de la Rosa.
 
* AHEZ, Fondo Reservado, Cartas sobre las reflexiones  de cárceles de Don Luis de la Rosa (1826).

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