sábado, 14 de mayo de 2016

El show de strippers que ofreció el SPAUAZ, los derechos humanos y las violencias contra las mujeres


Por Adriana Guadalupe Rivero Garza
o @femin_ite_iste

A raíz del espectáculo de strippers, que el Sindicato del Personal Académico de la Universidad Autónoma de Zacatecas ofreció –yo digo impuso porque no hubo un acuerdo general previo para que esto sucediera– a las docentes, investigadoras o académicas de dicha Institución, se han vertido una serie de comentarios acerca del hecho y del comportamiento de las universitarias alrededor del mismo.
Me gustaría, amable lector, lectora, compartirle algunos aspectos del por qué considero que no debió contratarse un evento de este tipo (voy a quitar con motivo del festejo del día de la madre, mi voz hubiera alzado así se tratara de cualquier evento público) y, además, quisiera argumentar por qué una decisión institucional –no individual–, poco apegada a fomentar acciones a favor del respeto de los derechos de las mujeres trajo efectos negativos para las agremiadas y subrayo: específicamente contra todas las mujeres de la Universidad.
           Primero, me gustaría resaltar que dado a que vivimos en una sociedad condicionada por roles y estereotipos de género (en este caso cruzados por condición económica, política, cultural, laboral, etc.) es que diversas formas de discriminación y violencias contra las mujeres son invisibilizadas, justificadas y/o normalizadas. Por ello es importante señalarlas, evidenciarlas, denunciarlas; mostrar que éstas no dependen sólo del “agresor” o “violentador de los derechos humanos” sino, también, hay que desentrañar los múltiples factores y contextos que la propician.
Es que, mire usted, las violencias contra las mujeres son un fenómeno histórico, social y estructural que no son fáciles atacar y/o erradicar; a veces ni de comprender porque hay que revisar varios aspectos que las promueven y desencadenan. Por lo pronto, me interesa revisar la relación que tienen éstas con los derechos humanos y con el género. Entonces, sirva el show de strippers como ejemplo para dicho análisis.
Quisiera comenzar con esta pregunta: ¿el show de strippers implicó una o varias transgresiones a los derechos humanos de las universitarias? Para poder responder es importante, al menos, identificar a cuáles derechos humanos nos estaríamos refiriendo. Desde mi punto de vista, al que se puede apelar ante un espectáculo como este es: “a vivir una vida libre de violencia” (el cual involucra a la dignidad, integridad, libertad, igualdad, no discriminación, entre otros).
 Las violencias contra las mujeres, como resultado de la desigualdad entre los sexos, implican una forma de ejercicio de poder y un mecanismo de control que se tolera a diario, por ello son, en sí, una violación a los derechos humanos. Entonces, la pregunta sería ¿el show de strippers involucró violencias contra las mujeres? Sí. ¿De qué tipos y modalidades? La respuestas a este último cuestionamiento implicarían problematizar ¿a quiénes se agredió,  en qué espacio y de qué manera se agredió? Y, no es que sea irrelevante cuestionarse por el “quién”, pero, prefiero no abundar en ello porque hay instancias legales que pueden resolverlo.
Este evento contratado por el SPAUAZ involucró –para algunas de las allí presentes– una imposición que lastimó el derecho a la libertad. La omisión de la información o el hecho de que no se haya avisado que en el festejo habría un espectáculo de strippers transgredió nuestro derecho a decidir si anhelábamos presenciar un baile con hombres semidesnudos; si deseábamos ser tocadas, restregadas o rozadas por individuos desconocidos; o si queríamos observar cómo algunas de nuestras compañeras estaban siendo hurgadas por un completo extraño.
         Al respecto, alguien se atrevió a decir: “si no les gustó, tenían la libertad de salirse de la fiesta”. De entrada sí, tuvimos la libertad de retirarnos del lugar, pero ese no es el punto, por ello he preferido no entrar en esa discusión porque sé que esa débil argumentación lo que intenta es descalificar, antes que generar diálogo o conciencia sobre las violencias de género ocurridas a raíz de ello.
Aparentemente en ese momento la mayoría de las maestras reunidas en el evento del SPAUAZ decidió libremente participar de los bailarines y la música ofrecida (quiero pensar que fue así y que ningún condicionamiento social y de género estuvo presente para que se adhirieran a show). Sin embargo, una decidió externar su inconformidad –en corto– al Secretario General; unas cuantas se retiraron del lugar; otras prefirieron salir a la terraza mientras terminaba “la fiesta”, fingieron entretenerse en sus aparatos móviles o simularon que allí no estaba pasando nada (esto también por condicionamientos de género que pesan sobre las mujeres); y, creo que esa minoría de la que hablo, aunque aparentamos estar en otra cosa, en realidad estuvimos alertas para que nuestro espacio personal no se viera vulnerado ante “la amenaza” de que en cualquier momento los jóvenes semidesnudos se acercarían a nuestra mesa. Qué incomodidad, ¿no? Pues sí, la molestia que se generó en algunas de nosotras tiene que ver con el hecho de que se menoscabó nuestro derecho humano a vivir una vida libre de violencia. 
El artículo primero de la Constitución federal establece que todas las personas tenemos derecho a gozar de los derechos humanos reconocidos formalmente. Esto implica –sí o sí– que “todas las autoridades, en el ámbito de sus competencias deben promoverlos, respetarlos, protegerlos y garantizarlos”. El SPAUAZ, aunque se trate de una asociación de académicos y académicas; se rija por el principio de autonomía colectiva o gremial, está obligado a cumplir con la legislación internacional, nacional y local; no sólo la universitaria. El Comité Ejecutivo (cuyo representante es el Secretario General), no obstante sea un órgano de implementación de los acuerdos de la Asamblea General y de la Coordinadora de Delegados, tiene la obligación de actuar con base en los derechos humanos de sus agremiados y agremiadas. A lo único a lo que no están obligados(as) es a incorporar la perspectiva de género en sus acciones (eso es una de las cosas que aún no se ha podido lograr, pero para allá vamos). Pero, sí debe conducirse conforme al principio de libertad e igualdad de sus apremiadas.

¿Cuál igualdad? ¿la de regalarles a todas un show de strippers? Si eso fuera, entonces, ¿dónde quedan las decisiones que en colectivo deben de tomarse?
¿La de contratar dicho evento para demostrar que tanto las mujeres como los hombres pueden divertirse con cuerpos hipersexuados, semidesnudos? No. Eso no es igualdad y nunca lo será porque con ello se promueve e impone una visión hegemónica y heteronormada de la convivencia humana; y lo único que desata son diversas infracciones a los derechos humanos.
 Esta indebida contratación de strippers para un evento público con maestras trajo como consecuencia que se violentara a todas las universitarias. A las que asistieron y a las que no, a las que bailaron y a las que no, a las que consintieron y a las que no, a las que son madres y a las que no; es más, si me apuran, debo decirles que por el mensaje que envió la UAZ con este acto, se violentó a todas las mujeres dentro y fuera de la Institución. Sin embargo déjeme comentarle sólo cinco aspectos de este hecho tan lamentable:
1.- Se actualizaron, en principio, una serie de violaciones a los derechos de las mujeres allí presentes; de quienes no estuvieron de acuerdo, de quienes sí y de quienes sólo acompañaban a sus madres. Porque, también se transgredieron derechos humanos de los y las menores de edad que las acompañaban (por cierto, muchas mujeres, por condicionamientos de género, no tienen o no pueden encargar a sus hijos(as) para poder disfrutar de un tiempo libre).
2.- Se generó una cantidad de comentarios denigrantes en contra de las maestras que decidieron participar en la pista de baile; en esta sociedad es una constante culpar a la víctima de la violencia que recibe. En este caso, de inmediato comenzaron a circular videos –sin el consentimiento de ellas– en las redes sociales sobre el show. Por lo que también existió violencia de género en línea, que no tuvo y tiene otra intención más que “recordarnos” que las mujeres “debemos cuidar nuestra reputación”: “Pero, por qué te quejas de los malos comentarios, te lo mereces, tú tienes la culpa por pararte a bailar o permitir que bailaran en tu mesa”.
3.- Se dejó ver la violencia dirigida contra las universitarias que osamos levantar la voz para denunciar en redes, medios de comunicación e instancias correspondientes sobre la desafortunada decisión que tomó el SPAUAZ al imponer un show de strippers: “Bien, muy bien, no te preocupes, no es un acto indebido, ellas son unas viejas locas, amargadas, que no saben divertirse o tienen envidia de quiénes sí lo saben  hacer”, "además ellas por qué reclaman, si ni siquiera son madres ni fueron al evento". Como si el derecho a la protesta estuviera limitado por condición de maternidad o por exclusividad de participación.  
4.- Existió el señalamiento o la criminalización de la compañera –no enunciaré su nombre porque ello implica culpar nuevamente a una mujer– que decidió, sin avisar al Comité Ejecutivo y al Secretario General del SPAUAZ, contratar dicho servicio de bailarines: “la idea fue de una mujer, ella contrató, ella es la responsable”.
5.- Se actualizaron una serie cuestionamientos a las universitarias que alzamos la voz por este desafortunado hecho público –y que trajo como consecuencia lamentables opiniones acerca de la comunidad universitaria–, por no habernos solidarizado con otros actos de violencia de género institucional, perpetrados de manera individual al interior de la UAZ y que, por su naturaleza, tienen un procedimiento legal específico para su denuncia. Esto es, hemos sido señaladas por no actuar en contra de todas las violencias contra las universitarias. Como si estuviéramos obligadas a conocerlas y a pronunciarnos por ello y por todo. En ese sentido quiero pensar que nos falta promover más el significado del ejercicio de las ciudadanías.

Ante esta serie de lamentables consecuencias, y otras más, que atrajo un evento tan desafortunado como el que ocupa nuestra crítica, pareciera que las culpables somos las mujeres y no las circunstancias sociales que permiten, promueven o reproducen la violencia de género. A veces, preferimos dirigir nuestros cuestionamientos hacia nosotras: por estar, por no querer estar, por denunciar, por no denunciar bien y por todo, por contratar, por llevar a los hijos e hijas, por no saber cuidar nuestra reputación, etc., etc.


Por ello, no creo prudente buscar un responsable porque en ese camino nos perdemos; los prejuicios –de los cuales es muy complicado despojarse– nos pueden hacer una mala jugada. Prefiero, en todo caso, invitar a la reflexión y a generar conciencia sobre la violencia contra las mujeres, que practicamos diariamente sin darnos cuenta, y en los efectos que ello produce. Lo más grave de que en la UAZ se crea que se puede imponer en los cuerpos de las mujeres formas de divertirse, es que se actualizó una violencia más de las que ya de por sí iban en aumento en contra de maestras, trabajadoras y alumnas.

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